Copenhague, de Michael Frayn, en el Teatro La Plaza ISIL

Sea que estemos presenciando una puesta en escena o leyendo un libro, normalmente podemos esperar una estructura básica. Se comienza con la exposición de una situación, normalmente en equilibrio; luego se presencia un incidente que eleva la tensión y finalmente esperamos un clímax cuya resolución devuelve las cosas a su estado original de equilibrio. Sin embargo, por su carencia de protagonista o conflicto directo, Copenhague no sigue esta estructura tradicional. En su lugar, estas partes se entremezclan entre sí continuamente a lo largo de la obra:
La exposición, debido al tema que trae a los personajes juntos, se da en forma de diálogos constantes que gradualmente establecen tanto las vidas pasadas de quienes intervienen como los principios científicos en los que la historia se basa. Los términos de las discusiones, tan cargados de dramatismo como de tecnicismo se aligeran continuamente con la intención expresa de Bohr y Heisenberg de hablar "en términos sencillos". En dramas convencionales, el incidente que genera el nudo en la trama tiene lugar durante la obra; en este caso, este incidente es la famosa conversación que sostuvieron Bohr y Heisenberg en 1941. La pregunta con la que Margrethe da inicio a la obra ("Pero, ¿por qué ha venido a Copenhague?") establece no sólo la importancia del encuentro, sino el objetivo del discurso en su totalidad al querer todos encontrar una explicación que los satisfaga. La acción y el tempo de la obra se elevan y caen varias veces, con cada nueva teoría (cada "borrador", en palabras de Bohr). Al carecer de un solo hilo conductor, como resultado no hay un solo clímax final, sino que por el contrario se alcanza varios a lo largo de la puesta. Si bien el último es el más logrado, queda lejos de resolver de forma definitiva la pregunta inicial. La resolución de todo no queda como tal; de hecho, resulta notable que quien postula el principio de incertidumbre califique la conversación de 1941 como un evento que nunca podrá ser ubicado o definido.
Adicionalmente a los segmentos de la obra, los personajes de Frayn también resultan muy particulares en cuanto no sólo participan de la acción, sino que además cumplen una función específica. La mejor analogía es la de las partículas que componen un átomo (analogía propuesta por el miusmo Heisenberg durante la obra, con una hilarante apreciación sobre la exactitud de la escala "10,000 a 1"). Margrethe Bohr permanece quieta usualmente, como el núcleo, mientras que Bohr y Heisenberg se mueven alrededor durante sus discusiones, actuando respectivamente como un electrón y un fotón ajeno al sistema. Más allá, la muy distintiva relación padre-hijo que tienen los dos físicos se materializa más allá de los comentarios de Margrethe: Heisenberg acude a Bohr en busca de consejo, pero al mismo tiempo se rebela constantemente a su autoridad.
Finalmente, otro aspecto en el que Copenhague se resiste a resultar tradicional es el género. Difícilmente puede ser calificado como tragedia o como comedia. Copenhague es una conversación dramática. Está plagada de interrupciones y repeticiones. No puedo decir con certeza si algunas trabas eran adrede, pero bien podían serlo. Las pausas, que no son largas, son mayormente realzadas cuando un personaje, usualmente Margrethe, dice "Silencio”, rompiéndolo precisamente al hacerlo. Los monólogos son otra constante, aunque a veces son compartidos por ambos científicos, sin que puedan llegar a ganarse la calificación de diálogos. En ocasiones, incluso, Bohr y heisenberg nos muestran enfrentamientos que deben ser muy semejantes a sus partidos de ping-pong: uno hace un comentario y el otro le replica usando una sintaxis similar o incluso una frase idéntica.

Todo esto, en cuanto a la obra. En cuanto a la puesta en escena, debo decir que el minimalismo logra una máxima expresión en el escenario. Alfonso Santistevan y Gerardo García Frkovich proporcionan un encuentro diametral que intensifica las diferencias de sus personajes, haciéndolos más complementarios. Uno se calma, el otro se exalta. Uno calcula, el otro acelera. Las características que cada uno impone a Bohr y Heisenberg respectivamente parecen haber sido diseñadas para intensificar las del otro. Sin embargo, son las dos mujeres, una en escena y la otra fuera, las que se llevan mis palmas durante las tres rondas a la despedida. Bertha Pancorvo se luce en el primer acto como un catalizador entre los dos físicos, cambiando a un intransigente reactivo en el segundo. Tal me parece que en realidad los catalizadores eran los otros dos, y la reacción se produce entre Margrethe y la pregunta inicial. Finalmente, Marian Gubbins, la directora, merece una mención especial por haber apostado por una obra que por su contenido y ritmo puede resultar difícil de seguir, logrando precisamente que la expresión y movilidad de sus intérpretes lleguen a un público que no necesariamente sabe en qué consisten la paradoja del gato de Schrodinger o los principios de incertidumbre o complementariedad. Desde esta humilde columna, mis más sinceras felicitaciones a todos ellos por haberme dado unas muy gratas dos horas en el teatro.
En Perublogs: teatro















0 personas han dicho algo al respecto:
Publicar un comentario en la entrada